Lluvia
ácida
Cae la lluvia sobre los tejados de la
ciudad, en la dehesa de los sueños rotos, de los destinos marcados, de los
corazones tristes y los rostros que iluminados por la luz tenue de la luna se
llenan de lágrimas.
Cae con frenesí la lluvia sobre nuestras
cabezas, mojando tu pelo, humedeciendo uno a uno tus oscuros cabellos, haciendo
desaparecer las lagrimas de tu cara que se pierden entre esas gotas de lluvia
en su camino hacia tus labios mientras recorren tus mejillas y buscan
desembocar en ellos.
Cae, advirtiendo que la tormenta solo
acaba de empezar, pues tal y como esas lagrimas encubiertas en gotas recorren
un largo camino para morir en tus labios, yo me sumo a la aventura de buscar
rozar mis labios con los tuyos en ese futuro incierto donde se encontraran
nuestros versos, presos de la desesperación y el horror de considerar el olvido
como una opción más…
Los nubarrones grises y los
estruendosos truenos hacen llorar al cielo y adormecen el horizonte, las
estrellas no brillan ni dibujan constelaciones en tus ojos marrones… Ya no estás…
y la lluvia cae desconsolada sobre suelo mojado… chisporroteando fuerte sobre
los tejados y cristales de las ventanas, buscándote sin hallarte nunca.
La lluvia quema, mata y se hace
eterna. La lluvia prevalece condenando al paisaje a sufrir su ira momentánea,
desvela, y revela que te fuiste sin remedio. La lluvia juega entre los dedos de
mis manos a escaparse, a hundirse en los charcos, a dibujar “te quiero” sutiles
que simulando algún mensaje subliminal, esconden el secreto que mis ojos
callaron. La lluvia arde en las calles, en el cielo y en mi piel.
La lluvia si me faltas tú, es
corrosiva y dañina… Porque sin ti la más simple lluvia, se convierte en lluvia
ácida.
Hezerleid
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