miércoles, 5 de octubre de 2016


Lluvia ácida

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Cae la lluvia sobre los tejados de la ciudad, en la dehesa de los sueños rotos, de los destinos marcados, de los corazones tristes y los rostros que iluminados por la luz tenue de la luna se llenan de lágrimas.


Cae con frenesí la lluvia sobre nuestras cabezas, mojando tu pelo, humedeciendo uno a uno tus oscuros cabellos, haciendo desaparecer las lagrimas de tu cara que se pierden entre esas gotas de lluvia en su camino hacia tus labios mientras recorren tus mejillas y buscan desembocar en ellos.


Cae, advirtiendo que la tormenta solo acaba de empezar, pues tal y como esas lagrimas encubiertas en gotas recorren un largo camino para morir en tus labios, yo me sumo a la aventura de buscar rozar mis labios con los tuyos en ese futuro incierto donde se encontraran nuestros versos, presos de la desesperación y el horror de considerar el olvido como una opción más…


Los nubarrones grises y los estruendosos truenos hacen llorar al cielo y adormecen el horizonte, las estrellas no brillan ni dibujan constelaciones en tus ojos marrones… Ya no estás… y la lluvia cae desconsolada sobre suelo mojado… chisporroteando fuerte sobre los tejados y cristales de las ventanas, buscándote sin hallarte nunca.


La lluvia quema, mata y se hace eterna. La lluvia prevalece condenando al paisaje a sufrir su ira momentánea, desvela, y revela que te fuiste sin remedio. La lluvia juega entre los dedos de mis manos a escaparse, a hundirse en los charcos, a dibujar “te quiero” sutiles que simulando algún mensaje subliminal, esconden el secreto que mis ojos callaron. La lluvia arde en las calles, en el cielo y en mi piel.

La lluvia si me faltas tú, es corrosiva y dañina… Porque sin ti la más simple lluvia, se convierte en lluvia ácida.



Hezerleid

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