Ingratitud

-¡Hablemos de ingratos!- exclamó el corazón en un
rocambolesco giro de los acontecimientos. El cielo se abrió ante esas palabras,
el viento dejó de soplar con fuerza hasta que poco a poco mutó en una leve brisa
gélida, el rumor de las aguas cercanas que bañaban unas pupilas cansadas se
petrificaron al instante, todo aquel escenario contuvo a su vez el aliento a la
espera de que el corazón comenzase su discurso...
-Los ingratos, aquellos que juegan, pero no a un
juego cualquiera, no, son los que juegan a las escondidas, escapadas, los que
dan golpes innecesarios a un igual, todo porque sí, y nada porque debe ser así.
Los ingratos callan ante la evidencia, ríen con falsa inocencia y maldicen al
otro sin tenerlo en su presencia.
-¿Qué tiene un ingrato de malo?- cuestionó la mente
con un tono meloso.
Fue en ese momento cuando en el escenario surgieron
toda clase de murmullos que lucharon por desvanecerse ante la inestabilidad,
producto de las opiniones contrarias de corazón y de mente. La mente aclaró su
voz y rebatió con fuerza al corazón.
-Comprendo lo que para ti es incomprensible. En este
mundo todos somos ingratos entonces, pues todos jugamos, nos adelantamos,
rompemos con el de al lado, hacemos más de mil cosas a la vez sin sentir nada y
sintiéndolo todo en una sola fracción de minuto. La humanidad tiene al raciocinio
y la razón no entiende de falsos en las banalidades del amor, amistad,
cariño... La razón se somete a objetivos y el camino para atraparlos, si a eso
lo llamáis ingratos llamadme a mi ingrato.
Todo se volvió oscuro en aquel escenario, el cielo
mostraba una noche sombría, los ríos de aquellas pupilas húmedas se congelaron,
la brisa cesó de inmediato, todo parecía entrar en una extraña calma de lucidez
ingrata. El corazón se mantuvo en silencioso pensamiento hasta que cogió un
poco de ese frío aire que la mente había impuesto y respondió un nuevo
argumento contra los ingratos:
Puede
decirse de muchas formas y de innumerables maneras:
Alevosía,
desagradecimiento, desconocimiento, deslealtad, egoísmo, infidelidad, olvido,
reconocimiento o traición
Lo
que ellos mismos ignoran es que ingrato es el tiempo y no menos ingrata la vida
misma, y en el camino el corazón castiga, recuerda y pide cuentas.
Quizá
ahora no seamos capaces de quitarnos la venda que ciega nuestros ojos, y
recurramos al apego y al cariño que sentimos por aquellos ingratos que llegaron
a nuestra vida con falsas promesas y predicando un destino en común.
No
agradecieron lo que hicimos por ellos, no valoraron lo que también llegamos a
perder por ellos… y lo peor no lucharon por darnos aunque sea un trocito de
ellos cuando todo lo dábamos por ellos.
Conviene
recordar que igual de ingratos que ellos, son el destino… el camino y la existencia.
Y pese a que parezca una incoherencia, todo se termina pagando, y a la hora de
rendir cuentas, la ingratitud golpeara la cabeza de aquellos ingratos que
dejamos atrás.
¿Justicia?
¿Malicia?
¿Venganza?
¿Templanza?
Quizá
solo equilibrio, quizá solo sea lo que nos provoca hablar sobre ingratos… y
cuando nos recuerden en la sede de su noche eterna, su consciencia los delate,
y gritaran, y morderán uno a uno sus miedos y el olvido nunca les alcanzara,
pues no hay mayor castigo que el que viene tras una traición… y tarde o
temprano desemboca en desesperación.
Ingratos
que mentís sin sentido
Corazón
fallido
Entre
suplicios los reconoceréis
Una
cosa esta clara:
Tarde
o temprano caeréis
Y
en el camino no nos encontrareis…
El
cielo comenzó a teñirse de diversos colores, naranja y rosado se extendieron
por todo el paisaje, iluminando con toda su majestuosa luz las pupilas y sus ríos,
los cuales mostraban un cauce armonioso, lento, más pulcro, más sensible. El
corazón había hablado con tanta fuerza que sus palabras coloreaban el
escenario. Todo resplandecía, nada se cerraba, todo salía, nada se quedaba.
Pero la mente sonrió para sí misma, ese mismo escenario se entregaba al
sentimiento, a algo banal y desgastado, demasiado tratado por tantos otros,
demasiado derrotado y a la vez tan lleno de estupidez.
-Ingrato
debo ser, y me encanta serlo, pues dime corazón, ¿acaso disfrutas siendo lo
contrario? Solo sufrimiento, solo dolor, solo sentir. Yo solo me acojo a la
razón, a lo que me dicta el devenir, a las oportunidades que el futuro me
presencia, no es cuestión de esperanza, sino de una lógica tan entregada a la
quietud que desconoce la inquietud de los sentimientos que los ingratos
pretenden desbordar. Disfruto con la ingratitud en este mundo donde lo anormal
es no serlo. Corazón, solo te pido que observes, solo un poco, a tu alrededor.
A
terminar de pronunciar aquellas palabras la mente señaló hacía un punto, un
lugar que se extendía más allá de aquel escenario, allí se hallaban otros
escenarios llenos de dureza, de fuego, de árido desierto, de un silencio roto
solo por unos ríos que en las pupilas se mostraban burlonas, insensibles y sin
color alguno.
El
corazón se derrumbó en el suelo, acababa de presenciar a uno de los ingratos
que tanto habían perforado este tranquilo escenario, la mente aprovechó para
colocarse justo detrás de él, se acercó tanto que sus labios rozaron uno de los
oídos de aquel pobre corazón cansado, y habló la mente una vez más.
-¿Lo
viste? Viste a los ingratos, estuviste con ellos tu también, has jugado, te reíste
de igual forma. Dime, ingrato, ¿por qué te alterabas tanto al hablar de ellos
si tú formas parte de la ingratitud?
El
escenario volvió a cambiar, aunque esta vez fue tan súbito y rápido que el corazón
no pudo ni advertir la bruma que se había levantado de la tierra, de los ríos
de las pupilas, incluso del mismísimo cielo, todo había sido sacudido de un
polvo oscuro dejando ver la verdad de aquel escenario; una desierto árido y
dorado, un silencio roto solo por unos ríos que en las pupilas se mostraban
burlonas, insensibles y sin color alguno. Se volvía aquel paisaje como el de
los ingratos.
-¿Qué
has hecho, mente?-alcanzó a decir en un hilo de voz el corazón.
La
mente alargó sus brazos y los entrelazó sobre el cuerpo de corazón.
-¿No
lo ves? El escenarios de aquellos ingratos que tanto te han hecho sufrir y que
tan bien los conoces lo acabas de ver en un reflejo, el nuestro.
El
corazón no pudo contener la desolación de aquella revelación, la imagen que
acababa de ver no era más que le que se había proyectado en un espejo, un
espejo que mostraba su propio reflejo.
-¿Eso
quiere decir que soy ingrato?
La
mente se se inclinó más y más hasta llegar a los húmedos labios de corazón.
-No,
eso significa que somos ingratos, este escenario y el de todos.
Con la colaboración de Mari Cruz Cárceles Sirvent
Hezerleid
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